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Luces y sombras. Algo más que una perspectiva

11 marzo, 2018 - 11:00 a 13:00

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Decíamos hace unas semanas atrás que, negarnos el dolor y el sufrimiento como parte del camino a la Cruz de la Victoria (o la Glorificación que sería más adecuado en este texto de Juan), es sencillamente, no dejar que la experiencia de Jesús se nos haga carne.

Ahora bien, quizás la mayor paradoja que tenemos los seres humanos no sea el mero hecho de negarnos el dolor (que hasta parece lógico y loable) y por ende negar los dolores y sufrimientos de otros y otras, sino también la capacidad que tenemos de negarnos el Amor. Y hablando con más propiedad tal vez, negarnos el amor a través de sustitutos que nos dan la fantasía de vivir con plenitud.

Si yo te regalase un “llamado” todos los días, o algo deseado por vos, ¿acaso no me lo terminarías reclamando el día que no te lo de? ¿Cómo distinguir el hábito y acostumbramiento cotidiano de las rutinas (por más placenteras que nos parezcan) de la necesidad del amor?

¿Cómo distinguir en tu fe, la repetición monótona de la oración, de la convicción del pedido? ¿Cómo distinguir en tu vida, la venida repetida del domingo a la iglesia, de la certeza que trae la obediencia que busca Palabra ese día?

Este texto, tal vez uno de los más conocidos de los evangelios[1] tiene el característico estilo de Juan. Parece una rueda que gira siempre en el mismo círculo y hace el mismo dibujo todo el tiempo sobre el mismo lugar. Quizás la imagen de la rueda sería la del Molino. Una rueda que gira en el mismo círculo sí, pero que en cada vuelta dada profundiza el surco anterior que marcó en la tierra.

Este modo tan peculiar de escribir es algo que lo distingue al autor tanto en este evangelio como en las cartas de su autoría. Te propongo que lo dividimos en cuatro partes para ver como él mismo desarrolla sus ideas.


Un modelo mejor que el primero (vers.13-14). Si en el principio, Moisés levantó a la serpiente de bronce en el desierto (Cf. Números 21.4-9) para que todo aquel que la mirase fuese salvo, del mismo modo Jesús sería levantado como señal de redención (en la cruz). Claro que el detalle es contundente en el texto: el único que subió y descendió de los cielos es Jesús mismo; escándalo seguramente para Nicodemo que, como buen judío de ley, tenía muy en alto la figura de Moisés.

Leyendo estos textos, uno puede entender no sólo lo que le costó al pueblo de Israel aceptar la llegada de alguien que esperaron durante siglos, sino lo mucho que nos cuesta a nosotros mismos aceptar la llegada de Jesús a nuestras vidas. Hacer de cuenta que ellos solos fueron los únicos sorprendidos porque el Mesías venía en otro “envase” que el esperado sería engañarnos a nosotros mismos. ¿O qué formato tendría que tener hoy Jesús en esta Cuaresma para que vos lo aceptes?, ¿menos cuestionador, sin tantas “obediencias” por delante para que cumpla? ¿Qué formato estarías dispuesto a aceptar? Acordate que no solo los judíos de la historia eran los únicos que querían hacerse un Dios a su manera. Todos tenemos la misma tentación.


Un regalo para no perdérselo (vers. 15-16). Primera vez que el evangelio menciona esta verdad, “La vida eterna”. Si bien parece que ambos versículos dicen lo mismo, el último completa la idea del segundo y la amplia. El único Hijo de Dios, Jesús, no solamente fue y vino de la presencia del Padre sino que ofrece un regalo único para que nadie se pierda ni se lo pierdan, Vida Eterna. Cuál es el mérito para el regalo. Ninguno, es dado por amor. Por amor a vos, a mí y a toda la humanidad. Cuando no podemos aceptar este ofrecimiento para nosotros, sencillamente lo perdemos (por propia opción).


Es parecido pero no es lo mismo (vers. 19-21). Así como las caricias producen acostumbramiento en nuestra vida, el pecado funciona del mismo modo. La dimensión real de la oscuridad solo se aprecia con la luz que la contraste. Del mismo modo el pecado cobra su real dimensión frente a la Cruz.

Finalmente, la invitación del Evangelio es dejar el espacio del acostumbramiento, algo que podemos ver manifestarse en estos últimos años con “el paro internacional de las mujeres” con un claro desafío a un sistema patriarcal que no solo somete a la mujer sino a los propios varones, posicionándonos en espacios y pensamientos de un status quo inmodificable, o en apariencia “intocable” de lo que siempre hiciste o pensaste, para empezar a vivir desde otro lado la vida.

Del lado de aquellas y aquellos que aceptan amar con plenitud a Cristo, porque solo de este modo se ve luz en nuestra vida y se descubre lo realmente bueno que tenemos y aquello que necesitamos cambiar.

  • Apegarse y encariñarse con nuestras costumbres y tradiciones, es sinónimo de miopía espiritual.
  • Acostumbrarse a la oscuridad y a la mentira en tu vida es sinónimo de muerte cotidiana.
  • Y vivir lejos del amor encarnado en Jesús, como si esto diese lo mismo, es sencillamente vivir perdiéndose lo que vale la pena vivir. Una vida plena, abundante y eterna.

Quizás haya días donde te sientas en mayores oscuridades u otros, donde te sientas lleno/a de luz. Porque vivir en Cristo es justamente, la posibilidad de dejar de repetir historias o esquemas (por más que sean una tradición venerada), dejar de habituarse a estar (porque hay que estar) o sencillamente dejar de acostumbrarse a que las cosas son así o asá (porque otra no queda). Vivir en Cristo es renovar este pacto de amor cada día y buscar la Luz como aquellas y aquellos que quieren ver lo que les pasa. Que el Señor te acompañe para encontrarlo en este tiempo.


P. Leonardo Félix
Buenos Aires, marzo de 2018.

[1] Martín Lutero, decía de Juan 3.16 que este solo versículo era como el “Evangelio en Miniatura” ya que el mismo contenía todo lo esencial a nuestra salvación.

Audio de la prédica

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Texto: Juan 3.13-21

Predica: Pastor Leonardo Daniel Félix

Iglesia Metodista de Almagro (Buenos Aires).

Domingo 11 de marzo de 2018

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