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Los dedos de Dios

8 diciembre, 2019 - 11:00 a 13:00

Almagro Av. Rivadavia 4050
Capital Federal, Argentina

Ha aparecido en el panorama religioso de Palestina un profeta original, en cierto sentido único e independiente, que provoca un atractivo impacto en el pueblo. Se llamaba Juan. La tradición cristiana lo reconoce como el hombre que preparó el camino para Jesús. Es un personaje raro, vive apartado del ambiente religioso del Templo. No es un profeta de la Corte, pareciera que se mueve lejos del palacio de Herodes y no es alguien sujeto a algún poder.

Su ropa, según el texto bíblico, está hecha de piel de camello, atada al cuerpo con un cinturón de cuero, comía langostas y miel del monte. Pero lo más importante, era que la gente se agolpaba para oírle y le pedían que los bautizara.

Es una persona que tiene un lugar muy particular en la historia de la salvación, es como un maestro de ceremonias que exalta la figura de Jesús. Si hay un personaje que tenía argumentos para vanagloriarse de sí mismo, ese personaje era Juan. ¿Qué clérigo o teólogo podría poner en su curriculum algo superior a “bautizador de Jesús”?. Era también alguien que tomaba  su fe muy en serio.

Es interesante que los escritores bíblicos no se dejan impresionar por las cosas importantes que hacen los personajes que transitan por sus páginas. Siempre dejan ver, junto con el testimonio de ellos, sus debilidades, sus torpezas, y aun sus miserias. Juan, a quien solemos llamar el Bautista, no es la excepción, empezando por el  hecho que no todo lo que Juan dijo de Jesús se cumplió exactamente. Lo que dijo no se puede asimilar totalmente a lo dicho y realizado por Jesús. Y esto está bueno porque deja ver a estas personas como seres humanos más cercanos a nosotros.

Juan anunciaba y ponía énfasis en una etapa futura que empezaría con el gran día del juicio y con la ira de Dios: “¿Quien les ha dicho a ustedes que van a librarse del terrible castigo que se acerca?…el hacha ya está lista para cortar los árboles de raíz. Todo árbol que no da buen fruto, se corta y se echa al fuego…” decía Juan. Es cierto que Jesús creía en el juicio de Dios y era enemigo del mal, pero su imagen se completa diciendo, por ejemplo, al ladrón de la cruz apenas vio un atisbo de cambio de actitud “hoy estarás conmigo en el paraíso” o despidiendo a la mujer sorprendida en adulterio con un  “vete y no peques más”. La perdonó porque veía en ella aspectos que los fariseos no  veían y creía que ella era capaz de cambiar y no debía ser  estigmatizada.

Pero además tuvo momentos de duda, este hombre que parecía tener una fe inquebrantable. El mismo evangelista que relata lo sucedido en el desierto, nos cuenta más adelante que Juan había caído preso. Había tenido el atrevimiento de denunciar al gobernador de Palestina porque este hombre había robado prácticamente a la mujer de su hermano y convivía con ella. Juan lo había denunciado y estaba preso por ello, esperando de un momento a otro para ser ejecutado. A Juan le habían llegado noticias de la tarea de Jesús, de su predicación y los actos de bondad que llevaba a cabo con la gente y se impacienta y se hace preguntas acerca de lo que él había anunciado. En realidad se pregunta lo que gran parte del pueblo se preguntaba, y manda a algunos de sus discípulos a hacérselas a Jesús mismo: “Eres tu el que había de venir o tenemos que esperar otro Mesías”. Era comprensible. Había querido ser fiel a lo que creía, y ahora había recibido como consecuencia una muerte anunciada. Son las mismas preguntas que podemos hacernos nosotros: “¿valió la pena dedicar tanto tiempo a esta tarea que me presentó tantos inconvenientes”, “no será demasiado lo que estoy entregando por esto que no me parece tan seguro”. Son palabras de un creyente, que supo jugarse la vida por Jesús y ahora era  tratado como un delincuente. Más aun “¿por qué sufren los buenos y los malos parecen que la pasan bien?”.

Y Jesús no se enoja con Juan, le cuenta lo que está pasando con él: “Vayan y díganle a Juan lo que están viendo y oyendo: Cuéntenle que los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados de su enfermedad, los sordos oyen, los muertos vuelven a la vida y a los pobres se les anuncia la buena noticia”. Quien parecía tener una fe inquebrantable, vive una crisis que afecta lo que antes afirmaba.

Hay un dicho chino que dice más o menos así: “Cuando alguien señala con el dedo el cielo, los tontos se quedan mirando el dedo”. Cuando un líder en la iglesia tiene demasiado “cartel“ se termina poniendo más énfasis en el anunciante que aquello que se anuncia. “Voy a la iglesia de tal pastor” dicen algunos ignorando u olvidando lo que decía el Apóstol Pablo en I Corintios 12 acerca del valor y de los dones de cada miembro y el hecho que nos debemos una mutua dependencia e interacción de unos con  otros. Es más,  no solo cada seguidor de Jesús es como un dedo que lo señala a Él sino también que la comunidad en sí misma debe dar señal de su pertenencia y testimonio de Jesucristo: “En esto sabrán que son mis discípulos, en el amor que se tengan los unos por los otros”.

“Los tontos se quedan mirando el dedo” dicen los chinos. No debemos mirar tanto los dedos, sino más bien adonde los dedos están señalando. Parte de la misión de Juan es no señalarse él sino señalar a otro lugar, al que está viniendo, a Jesús, de quien él decía que él (Juan) no era digno de atar los cordones de sus zapatos. El dedo del bautizador señala la llegada del protagonista y representa, él, Juan, el límite  que debe fijarse todo testimonio cristiano que intente dar lugar a la complacencia  o el lucimiento personal estableciendo muy claramente la diferencia de grados entre aquel que anuncia y aquello que se anuncia.

Se trata de aprender de este precursor esta lección de decir “no soy yo”. Es decir en el centro aquel que es el esperado, el que ofrece todas las garantías, el que no decepciona. Para tener siempre claro cuál es el protagonista principal y quienes los que le siguen.

Y la proclama puede resumirse en el “convertíos”, que Juan lo completa con el “preparad el camino del Señor, ábranle un camino recto”. Es lo que necesitamos también hoy: convertirnos a Dios, ¿qué área de nuestra vida necesita ser más urgentemente convertida? Nos lo pide Juan y lo necesitamos hoy, convertirnos a Dios, darle más lugar a Jesús en nuestra vida, abrirle caminos en el mundo y en la iglesia. Se trata de poner a nosotros y a la iglesia entera en estado de conversión. Es que a Jesús solo se lo sigue verdaderamente en estado de conversión. Es necesario dejarse transformar por el Espíritu. Es el mensaje central que nos llega en este tiempo de Adviento, tiempo de preparación para celebrar la Navidad.

A partir de ese encuentro con Juan, Jesús marcha a Galilea y se dedica a poner su amor y compasión en acción como Juan el Bautista no lo había hecho: Cura enfermos, defiende a los pobres, toca leprosos, recibe en su mesa a pecadores, bendice a los niños… La gente debe sentir el amor de Dios en el trato que tenemos con otros. Quien habla de un Dios bueno y no tiene gestos bondadosos y compasión abarata el mensaje predicado.

«Preparad el camino del Señor», Juan gritaba, ¿habrá perdido este mensaje actualidad? ¿Se renovará en Adviento este pedido en nuestra vida? ¿Pasaremos una Navidad verdaderamente cristiana? Necesitamos encontrarnos con nosotros mismos con más profundidad y sinceridad.

La Navidad nos recuerda un hecho extraordinario. Dios se hizo hombre. Mientras las criaturas de este mundo hacían su vida, lo divino arribó dejando pasar a la más amorosa criatura que se podía parir desde el útero de una mujer.

Dios como feto, la santidad durmiendo en un útero. El creador de la vida siendo creado. A Dios le fueron dados ojos, boca, dos pulmones, piernas…No era de metal, ni de marfil, ni de una tela especial. Pensar con esa visión hasta parece irreverente. Es más, es más fácil sacar su  humanidad de su Encarnación. Pero no lo hagamos, porque si Jesús no estuvo aquí ¿cómo habremos de imitarlo? ¿cómo hacerlo nuestro compañero? ¿sobre qué base pensar que es posible vivir una vida superior a la que vivimos? ¿cómo creer en su resurrección? Volvamos a creer como niños en esa historia que nos acerca a lo más esencial y profundo de la vida y seamos nosotros los dedos de Dios, en este Adviento, para contarla.

Texto: Mateo 3: 1-12

Predica: Pastor Hugo N. Santos

Iglesia Metodista de Almagro (Buenos Aires).

Predicación Almagro. Domingo 8 de Diciembre de 2019.

Orden de culto

Detalles

Fecha:
8 diciembre, 2019
Hora:
11:00 a 13:00
Categoría del Evento:
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Lugar

Almagro Av. Rivadavia 4050
Capital Federal, Argentina
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Teléfono: (011) 4981-4290