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La gratitud, corazón de la plegaria

13 octubre, 2019 - 11:00 a 13:00

Almagro Av. Rivadavia 4050
Capital Federal, Argentina

Me gustaría retrotraerlos un ratito nada más en el tiempo, ¿cuál fue el primer pensamiento, la primera actitud, el primer sentimiento que afloró esta mañana cuando se despertaron? Fíjense no les estoy preguntando por un día del año pasado, ni de su infancia, les estoy preguntando apenas por algo de hace un par de horas ¿Se acuerdan? No siempre registramos en nuestra memoria esos primeros instantes del día. Pero esos momentos son todo un tema.

Hay quienes se despiertan sin necesidad de un despertador, otros necesitan de varios llamados para poder incorporarse lúcidos para empezar un nuevo día. Algunos hacen una especie de registro de todo lo que habrán de hacer durante el día. Otros se levantan con mufa, con la vivencia de que cuesta levantarse, y otros ni siquiera se pueden levantar. Casi podríamos decir que cada uno tiene su propio modo de despertarse.

Los primeros momentos del día revelan algo de lo que nosotros somos, de lo que nos pasa, también de lo que nos sucedió durante la noche. ¿Pensamos, al iniciar la jornada, que el día es un regalo de Dios?

Tendemos a ver la vida como una especie de continuidad, como una sucesión de días y de noches, de actividades y de encuentros. A demasiadas cosas las damos por sentado. Pero más allá de la continuidad de la vida, ¿podemos interrumpir ese andar de nuestro devenir y pensar en esas cosas que no solemos pensar, pero que constituyen los fundamentos de nuestra propia existencia? Porque la realidad es que cuando la vida es nada más que continuidad, sucesos, repeticiones de hechos, tiende a convertirse en una existencia con poco sabor, sin mucha motivación. También nuestra espiritualidad se resiente.

Cuando éramos chicos, uno de los días que más esperábamos, junto con el día de nuestro cumpleaños, era el 6 de enero. Había un regalo al comienzo del día. Era un día que estábamos esperando ese regalo. Un día del regalo. Porque no solamente recibíamos los obsequios que nuestros padres habían separado para nosotros, sino que también era un día que disfrutábamos de lo que habíamos recibido. Recién cuando podemos experimentar el milagro de la vida, la dádiva de Dios, el Dios de las sorpresas, es cuando empezamos a entender lo que es la gratitud.

Este texto que leímos esta mañana en el Evangelio y que viene indicado en el leccionario, nos permite comprender el significado de la gratitud en esa línea.

Jesús se dirige a Jerusalén y estando entre Samaria y Galilea le salen diez leprosos al encuentro pidiendo misericordia. No había en el Nuevo Testamento una enfermedad que fuera enfrentada con mayor temor y lástima que la lepra. Jesús les encomienda a los discípulos “Sanad enfermos, curad leprosos”. Hay para los leprosos una mención especial. La condición del leproso era verdaderamente dura.

En Palestina, en tiempos de Jesús, había muchos leprosos. Por los datos que tenemos se consideraba leproso también a otras enfermedades de la piel como la psoriasis, una enfermedad que cubre porciones de la piel con escamas blancas y también el herpes, una enfermedad muy común en Oriente. Es posible que el término lepra en el pensamiento judío haya abarcado cualquier enfermedad cutánea progresiva. Pero la lepra, que hoy puede ser controlada por la medicina moderna, en su versión más peligrosa comenzaba con una pequeña mancha y terminaba carcomiendo la carne hasta que el desdichado quedaba solo con el muñón de la pierna o de la mano. Era, literalmente como un muerto en vida.

Tal era el terror que, en los capítulos 13 y 14 del libro de Levítico están contenidas las normas con las que el leproso y la comunidad debían manejarse. Lo más terrible era la soledad que traía aparejada. El leproso debía gritar “inmundo” dondequiera que fuese para que nadie se acercara, debía vivir solo. Dejaba de pertenecer a la sociedad y se lo exiliaba de su hogar. El resultado era que las consecuencias psicológicas de la lepra eran tan serias como las físicas. El leproso era rechazado por otros hasta que comenzaba a rechazarse a sí mismo. Algunos `pensaban en quitarse la vida y de hecho así lo hacían.

Es interesante que los judíos no trataban con los samaritanos, había entre ellos odios de siglos y en este grupo que sale al encuentro de Jesús había judíos y samaritanos. Al menos, uno lo era. La enfermedad los unía. Como pasa muchas veces cuando estamos enfermos cambia la visión que tenemos de las cosas. Comenzamos a apreciar cosas que desvalorizábamos y se dejan de lado otras por los cuales estábamos jugándonos la vida. Así en una nueva situación veían distinto su problema racial y podían superar el odio entre judíos y samaritanos.

Jesús responde a la súplica y los manda a presentarse a los sacerdotes para que verifiquen la sanación, lo cual tenía por fin poner a prueba su fe, ya que la orden tenía sentido si la curación se realizaba mientras se dirigían al sacerdote. Era el sacerdote, de acuerdo a la ley, el que debía constatar la curación, lo que permitía reintegrarse a la sociedad gracias a un certificado que el sacerdote extendía.

Dice el Evangelio que yendo fueron curados, nueve habían cumplido con el ritual de purificación y se perdieron en el anonimato, pero solo uno se volvió a Jesús para agradecer y lo más llamativo, y a Jesús no se le pasó por alto, es que quien volvió no era un israelita, nación a la cual había sido enviado Jesús, sino un extranjero, un samaritano, mezcla de israelita y colonos paganos asentado en la región de los asirios.

La pregunta de Jesús por los otros nueve pareciera tener una expresión de enojo, pero al volverse al samaritano no le dice “no hay de qué”, como decimos al haber recibido un “gracias” sino lanza una frase sorprendente: “Tu fe te ha sanado”. Pero ¿por qué en este caso hace alusión a la sanación? ¿acaso los otros nueve no la habían sanados? Por supuesto que sí, ellos debieron tener algún momento de fe para ser curados. Además, eran respetuosos de la iglesia y fueron a los sacerdotes como correspondía.

La única diferencia, al menos lo que el Evangelio consigna, es que la fe del samaritano no solo reconoció el poder de Jesús, sino que transitó el agradecimiento. La gracia, los dones gratuitos de Dios, producen gratitud y son un síntoma de la salvación. La verdadera gracia, cuando se experimenta como tal, nos pone no solo en estado de gracia, en estado de recibir, sino en acción de gracias.

Entonces lo que caracteriza a un cristiano no es tanto que pida gracias, o que las reciba, sino que las da. Un nuevo golpe para los israelitas, fue un extranjero el que se dio cuenta de la importancia de la gratitud, fue un extranjero el que encontró la salvación.

Y esto tiene consecuencias para nuestra vida. Significa que quien se acerca a Dios en oración debe hacerlo sabiendo que aquello que le pide es pequeño en relación con lo que ya ha recibido de Él: la vida, la salvación, la vida eterna. Para un cristiano orar es tomar conciencia que lo recibido es infinitamente más de lo que podría pedir, es saber que Dios sabe y desea mucho más que Él lo que le conviene, es revelar a los demás todos los dones que el Señor nos ha dado.

Miremos ahora al samaritano. Le agradece y glorifica a Dios en voz alta, echa su rostro en tierra a los pies de Jesús ¿oramos diariamente nosotros así? ¿damos testimonio con nuestra alegría y nuestra pasión por aquello que hemos recibido? ¿manifiesta nuestra gratitud la plenitud con que Dios nos ha colmado?

La gratitud como la del samaritano nos energiza, nos ayuda a enfrentar los problemas cotidianos, nos da gozo. El encuentro con las bendiciones de Dios adquiere el sentimiento de la primera vez.

Estadísticamente, el 90% no se volvieron a Jesús para darle gracias, ¿será esto una metáfora de lo que nos ocurre a los cristianos? ¿y nosotros a cuál de estos grupos pertenecemos?

Una de las primeras cosas que hemos aprendido de niños es a decir gracias. El tío regala un juguete y el papá o la mamá le dicen inmediatamente “¿qué se le dice al tío?” y el niño responde casi mecánicamente “gracias”. El “gracias” del samaritano que se nos muestra en esta historia es mucho más que un gesto que muestra la adaptación social, es un estado del espíritu, una actitud básica ante la vida, lo que siente alguien conmovido por la acción de Dios.

Se empieza a ser cristiano entrando en la acción de gracias. El cristiano no es alguien a quien se ha provisto de algo especial, la gracia de Dios es para todos. Lo que hace la diferencia es que el cristiano se ha vuelto a Dios para reconocer sus dones ¿Es esto lo que ha sucedido en nuestra vida?

Pero la acción de gracias no es solo oración, sino que, además, es acción. La acción de gracias hay que hacerla en la calle, al salir de la iglesia y no solo con palabras sino con una alegría comunicativa, no solo recordando lo que hemos recibido, sino transformándolo en dadivas para los demás.

Porque no se podrá saber si hemos sido colmados, hasta que no distribuyamos nuestra bendición. Nadie se convencerá de que hemos sido curados hasta que nuestra curación sea más contagiosa que nuestra enfermedad. Es imposible reconocer que aquel que te dijo “tu fe te ha sanado” este vivo hoy, hasta que la salud recibida no se haya expresado a través nuestro.

Y aquí una palabra fundamental para entender lo que es la gratitud en la vida espiritual: sorpresa. La sorpresa es el comienzo de ese estado interior que llamamos gratitud. Todo lo que recibimos es un regalo. La medida en que estemos dispuestos a aceptar esta verdad será la medida de nuestra gratitud y la gratitud es la medida de nuestro estar vivos. La sorpresa nos conduce al camino de la gratitud. Por eso, la conmoción del samaritano. La conversión cristiana encuentra un camino en la sorpresa y la gratitud. Si queremos sanar nuestra relación con Dios empecemos por dar gracias.

Aun lo predecible se transforma en sorpresa en el momento en que dejamos de darlo todo por sentado. Nuestros ojos se abren a ese carácter del mundo que nos rodea en el momento en que nos despertamos y nos preparamos para la sorpresa.

Por eso, el cristiano des-agradecido es un cristiano des-desgraciado. En esta sociedad mercantilista donde todo se intercambia, Dios se ofrece por el puro amor, porque Él es amor. Después de todo, solo el samaritano escuchó esto de” tu fe te ha sanado”. Los nueve que no dieron gracias solo se curaron de la lepra. La curación del samaritano fue integral. La misión de sanar de Jesús fue su manera de servir.

Muchos hoy andan por la vida tristes y amargados, desalentados. No tienen ojos para ver que, a pesar de todo, lo bueno supera lo malo. Algunos se consideran lúcidos y perspicaces, pero no pueden dejar de privilegiar los hechos negativos de la vida, sin dejarse sorprender por nada gratuito, no se dejan querer ni bendecir por nadie.

Cuando experimentamos la gratitud de verdad, se crean las condiciones para apreciar las cosas importantes de la vida. Cuando experimentamos la gratitud nos damos cuenta de eso significativo que Dios nos da cada día, entonces podemos empezar a valorar las cosas que nos pasan de una manera diferente.

Cuando vivenciamos la gratitud, reconocemos lo recibido, no como mérito propio, sino como fruto del amor de Dios. La gratitud no es solo decir “gracias”; es un gesto, es un fruto que se genera dentro nuestro, es un fruto del Espíritu. Jesús quiere despertar, sacudir, renovar el corazón y los sentimientos duros de sus interlocutores, para poner como ejemplo a un marginado, a un samaritano, a uno de esos que sus escuchas solían despreciar.

Buscando en el diccionario de antónimos, me encontré que la palabra “gratitud” tiene como su contrapartida las palabras desagradecimiento e ingratitud. Pero también el diccionario agrega las palabras desconocimiento y olvido. Cuando nosotros somos ingratos y no descubrimos o nos olvidamos de los hechos de Dios, y aun los de nuestro prójimo, estamos olvidando quien es el generador de la vida. el que sostiene toda la creación y por quién somos amados.

Jesús le dijo al samaritano: “Tu fe te ha sanado” ¿por qué estas palabras solo a él? Todos habían tenido fe, todos habían sanado del mismo síntoma. Ya la lepra había quedado atrás. Solo uno pudo sentir lo que se experimenta cuando alguien se vuelve a Dios con una oración transformada por la gratitud. Esa es la fe que sana no solo el síntoma, sino la vida toda.

Esa fe que va operando en nuestra vida diariamente haciéndonos nuevas criaturas, esa fe comienza con la gratitud. Dios quiere que saquemos el polvo de la rutina de nuestra espiritualidad, de lo repetitivo. Dios no quiere que le digamos simplemente “gracias”, quiere que todos los actos de nuestra vida reflejen la obra de Él y nuestra gratitud hacia Él. Cuando nosotros estamos pendientes solo de lo que nos falta, de nuestros problemas, cuando vivimos tan ansiosos y estresados que lo único que aparece en nuestro sentir y en nuestro pensar son problemas, la gratitud queda sepultada.

El Señor nos llama en esta mañana para que podamos descubrir, en los hechos cotidianos, las huellas de Su paso por nuestra vida. El Señor nos llama para que no demos todo por sabido, para que no nos entreguemos solo al mundo de lo previsible, sino que estemos atentos, no descuidados, a la obra renovadora, a lo nuevo, a lo imprevisible que Dios puede hacer y quiere hacer en nuestra vida.

“Tú fe te ha sanado” ¿Estamos nosotros en la línea de esta fe que vive de la gratitud a Dios y que puede encontrar los milagros por los cuales darle gracias? ¿nos estamos sanando interiormente al ritmo de esa gratitud que abre nuestros ojos a lo nuevo que Dios quiere darnos? Necesitamos ser sacudidos, como tal vez se sintieron sacudidos algunos de los que estuvieron presenciando la escena de los leprosos, para que estemos blanditos, permeables, sensibles, dóciles a la acción, a los dones y a los regalos que el Señor nos ofrece, empezando por cada día que el Señor nos permite vivir.

Una antigua canción que seguramente los mayores han cantado alguna vez dice:

Cuenta los favores

Cuando los conflictos en la vida estén
Anunciándote que todo se perdió,
¡Cuenta los favores que el Señor te dio
Y admirado quedarás de su sostén!

En el seno de tus luchas al vivir
No te desalientes, Dios te ayudará;
Cuenta todos los favores que Él te da
Y ánimo y consuelo has de recibir.

CORO
Cual amante Padre te cuidó
Y en su mano tuvo para ti
Ricos dones, que te prodigó;
¡Cuéntalos y mira que no te olvidó!

Audio de la prédica

Próximamente

Texto: Lucas 17: 11-19

Predica: Pastor Hugo Santos

Iglesia Metodista de Almagro (Buenos Aires).

Predicación Almagro. Domingo 13 de octubre de 2019.

Orden de culto

Detalles

Fecha:
13 octubre, 2019
Hora:
11:00 a 13:00
Categoría del Evento:

Lugar

Almagro Av. Rivadavia 4050
Capital Federal, Argentina
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Teléfono: (011) 4981-4290