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Jesús: entre la compasión y el descanso

22 julio, 2018 - 11:00 a 13:00

Almagro Av. Rivadavia 4050
Capital Federal, Argentina

Si tuviéramos, teniendo en cuenta los pasajes del Evangelio, que   recordar la personalidad de Jesús y su manera de vincularse con la gente, ¿cuál es la imagen o la característica que más nos impresiona y que más podríamos retener y trasmitir a otros? El autor del Evangelio de Marcos, al menos  en este pequeño texto, lo recuerda dos veces por su compasión.

Jesús no podía mirar a nadie con indiferencia, no soportaba ver a las personas sufriendo. Esta imagen de Jesús fue siempre recordada por las primeras comunidades cristianas. El Evangelista Marcos describe algo que sucedió junto al Mar de Galilea. De todos  los lugares cercanos llegaba gente al sitio en el que iba a desembarcar Jesús y al ver a aquella gente, Jesús reacciona como siempre: “sintió compasión de ellos porque andaban como ovejas que no tenían pastor”. Jesús siente una compasión profunda por el dolor, el sufrimiento de las personas, la tristeza, el hambre, la soledad, la angustia. Alguna vez se nos relata, en una situación similar, que Jesús lloró por ellos.

¿Alguno de nosotros alguna vez lloró viendo esos noticieros televisivos que nos anuncian cuando empiezan que “este programa es perjudicial para niños y adolescentes”? Obviamente, porque describen las cosas  que pasan en el mundo en que vivimos.

La palabra compasión no queda cubierta por la palabra lástima o simpatía. Uno puede sentir lástima por el otro  sin necesidad de sentirlo cerca. Simpatía implica una cercanía especial. La compasión va más allá de la distancia y la exclusividad.

Jesús no trata a las personas desde afuera sino que los deja entrar a su interior. No se trata solo de tener gestos altruistas, hay  algo en la compasión que es del orden de sentir con el otro. Hay un destino común con el otro. Se trata que la persona rotosa y sucia que se me cruza por la calle y que a veces ni la miro es menos diferente a mí de lo que yo quiero aparentar porque ella o él  son criaturas de Dios de las que Él quiere su bien como lo quiere para mí y para vos. Por eso Jesús decía aquello que “en cuanto lo hiciste a uno de estos mis hermanos más pequeños a mí lo hicisteis”.

Compasión es la capacidad para poder captar el sufrimiento del otro y hacer lo que está a nuestro alcance para suprimir ese dolor. La compasión está ligada a la convicción que el sufrimiento de una persona y también de todo un pueblo debería ser eliminado y suprimido. Es la rebelión e indignación contra la desgracia e injusticia que se le hace a otro y, aun cuando no pueda hacer otra cosa, conservar en la memoria a aquellos que han sido despojados de su felicidad y, de ese modo,  rescatarlos del olvido y  rendirles  homenaje. La compasión, así concebida, es caudalosa fuente para el cambio porque impulsa al obrar.

Pero también  compasión tiene que ver con el gozo. Una pregunta que estaría bueno hacernos  al final del día es ¿ayudé hoy a alguien a que sea un poco más feliz? Puede ser a veces en cosas sencillas como alentar diciendo “Esto es bueno para vos” o “Me alegra lo que hiciste”, eso  ya es hacer una diferencia.

¿Quién despertará entre nosotros la compasión?  ¿Quién nos enseñara a mirar a los otros como Jesús? En el amor la mirada es fundamental. La compasión es mucho más que una idea, es un sentimiento. El Apóstol Pablo decía “haya en vosotros ese mismo sentir que hubo en Cristo Jesús”. Cuando dejamos la compasión dejamos de parecernos a Jesús.

En el pasaje que hemos leído, los discípulos  enviados por Jesús están dando sus primeros pasos como misioneros y vuelven entusiasmados. Les falta tiempo para contarle a Jesús todo lo que han hecho y para comer. Están descubriendo el gozo de la misión y un principio básico del ministerio cristiano: esto es que quien evangeliza se evangeliza. Quien no evangeliza le pasa algo parecido a aquel  que por moverse poco se le van endureciendo los músculos. Jesús se da cuenta de lo mucho que trabajaron, que no tuvieron tiempo ni para comer y los manda a descansar.

Él era consciente que necesitamos reponer las energías frente al ritmo frenético que llevamos, a veces nos sentimos esclavos de tareas agotadoras. Somos esclavos de la productividad. Creemos que cuanto más productivos, mejor. En nuestra vida personal, hemos comprado la prosperidad al precio de un empobrecimiento de aspectos importantes de la vida para ahogarnos en el activismo y en el trabajo. En ese sentido, la idolatría no es solamente la del tener, sino también la del hacer, la del hacer eficiente. El eficientismo capitalista  ha producido un determinado estilo de vida que, en el caso de los cristianos, no responde a la identidad de tales.

Descanso no es simplemente echarnos a dormir, el descanso tendría que regenerar todo nuestro ser. La fiesta del descanso nos debería recordar  que en la vida no todo es esfuerzo y trabajo agotador. Estamos hechos también para disfrutar, para gozar de la amistad, para orar, para jugar. No se trata de vaciarnos en la superficialidad de una actitud alocada, sino de recuperar la armonía interior sabiendo disfrutar  con sencillez y agradecimiento del silencio, la música, gozar a Dios a partir de todo lo que Él nos brinda para ello. Descansar es reacomodarnos en medio de lo esencial de la vida. Jesús sabía que hay un tiempo que deberíamos dedicar a dejarnos amar por Dios, a recibirlo serenamente a Él. Esto es lo que Jesús quiere enseñar a sus discípulos.

El ocio puede ser un tiempo fecundo donde se despiertan ideas, se restaura la capacidad de amar y se descubre el sentido profundo del estar vivo. No se trata de una pausa en el trabajo sino de desacelerar la mente, recuperar la calma interior y reconocernos a nosotros mismos. Jesús  pasaba tiempos de meditación y oración. Así la Biblia lo atestigua. Recordar que si quiero ser un instrumento del que Dios dispone para servir a otros debo cuidar mi vida en todos los aspectos.

Y dice el pasaje que leímos que una vez que cruzaron el lago, otra vez una movilización general de la gente. Venían  a buscar a Jesús para que los sanara. Así como en el texto dos veces aparece que Jesús tenía compasión por la gente, dos veces menciona que ellos reconocían  a Jesús como quien era y así venían enfermos para que los cure. Le rogaban que se dejara tocar el borde de su capa. Hoy diríamos religiosidad popular: la idea que tenía la gente era que el manto de los profetas tenía poderes curativos. ¡Qué severos solemos ser con las manifestaciones populares más allá de las puertas del templo como si Dios fuera nuestro y nosotros deberíamos decidir de qué manera la gente debería acercarse a Él.

Y lo que vemos en este pasaje es que ese Dios que se mostró en Jesús es un Dios que se deja tocar, que no está a distancia de ellos aun cuando sus ideas acerca de la manera de acercarse revele cierta ignorancia. Pero hay algo que se deja ver en el texto, el asunto es que lo podamos reconocer y saber del poder del Señor. En eso sí  se veía que creía  la gente.

Hay un escritor argentino, José Heredia, que escribió un cuento que tituló «No te aflijas, Carlitos». Se desarrolla en un día preciso, el 11 de Diciembre de 1990. Esa no fue cualquier fecha, se trataba del día del centenario del nacimiento de  Carlos Gardel:

 

 “Carlitos medita en su nube rosada. Sin saber por qué se siente nostálgico. La voz del Señor lo saca de su ensimismamiento.

-Carlitos,- dice la voz, que parece surgir de una extraña luminosidad dorada – hoy se cumplen cien años de tu nacimiento, allá en la tierra, y como siempre me has caído simpático te voy a conceder una gracia para que festejes  este cumpleaños: podrás recuperar tu apariencia terrenal y volver por un rato a tu Buenos Aires querido …  ¿Qué te parece la idea? …

Antes que Carlitos pudiera agradecer entusiasmado la ocurrencia del Señor, ya está, de riguroso traje negro y moñito, peinado a la gomina, parado en una vereda de Corrientes al 1400. Se siente asombrado, extasiado por el Buenos Aires de hoy: una Avenida Corrientes que no conoce, el tránsito, las luces, el movimiento de la gente. Ante él se alza una gigantesca imagen suya, de galera y sobretodo negro, que corona el edificio de una pizzería. Vence los primeros instantes de aturdimiento y se acerca al local: ‘Los muchachos me recuerdan todavía’ se dice halagado. Entra en el negocio, grandes fotografías de su época lo reciben desde las paredes: Leguisamo, Maschio, Canaro y él mismo, lo miran sonrientes. El público sentado a las mesas lo mira extrañado, su atuendo contrasta entre vaqueros y remeras coloridas. El mozo apurado lleva un pedido por el angosto pasillo. Al llegar donde está Carlitos le dice, sin detener su marcha: ‘Aire, aire, nada de propagandas acá, ¿eh?’. Algo abochornado, sin comprender bien lo que ha sucedido. Carlitos abandona el local seguido por la curiosa mirada de los presentes.

Camina unas cuadras por Corrientes hacia el obelisco, que lo fascina; al llegar a la 9 de julio se une a un grupo de personas que espera la luz para cruzar.

Enseguida llama la atención; sus ropas negras entre el colorinche, el peinado a la gomina entre las melenas. Uno del público le dice a su pareja: ‘Mirá, un tipo disfrazado de Gardel’ y ella le contesta: ‘Fijate si tiene algún cartel en la espalda’. Hablan bajo, pero Carlitos oye. Cuando sale de este nuevo asombro se halla en Corrientes y Esmeralda. En una de las esquinas se levanta un palco y alguien habla al público allí reunido. Carlitos se une a ellos mientras el orador dice:

‘…y en esta esquina tanguera por excelencia queremos evocar al gran Carlitos, nuestro Zorzal Criollo, al cumplirse un siglo de su nacimiento…’ Carlitos sonríe con su sonrisa, alguno del público lo ve exclama, indignado: ‘¡Fuera de aquí! ¡Estamos haciendo un homenaje serio y no queremos payasos imitadores, fuera!’.

La indignación cunde, varios lo señalan amenazantes, Carlitos, desconcertado, huye de allí; mientras desaparece entre las sombras, el orador continúa: ‘…el único, el inolvidable Carlitos que… ‘

Deambula por varias calles, una en diagonal lo lleva a los umbrales de San Telmo, allí, cansado, se recuesta contra una antigua reja. La ventana está entreabierta y por la rendija se cuela la melodía de ‘El día que me quieras’ cantada por él desde la grabación. Carlitos se conmueve y olvida los malentendidos. Atisba hacia el interior de la pieza. Ve a un hombre joven que trata de acompañar la grabación tocando en su propia guitarra. La pava y el mate están sobre una mesa de madera sin lustrar, al lado de la cama, donde el solitario habitante del suburbio está sentado con su instrumento.

En las paredes cuelgan varios retratos de Carlitos. ‘¡Qué sorpresa se va a llevar!’, piensa Carlitos desde la vereda al tiempo que empalma el canto de la grabación con su  propio canto, justo en el momento que dice: ‘…las estrellas celosas nos mirarán pasar, y un rayo misterioso…’. El habitante del suburbio está desconcertado, ¡es Gardel que canta a dúo!

Dirigiéndose a la ventana exclama furioso ‘A ver si ese gracioso de ahí afuera se va y me deja escuchar al maestro’. Carlitos siente que sus fibras más íntimas se sacuden. Casi sin darse cuenta está de vuelta  en su nube rosada. Medita sobre lo que ha ocurrido. La voz del Señor lo saca de su ensimismamiento.

¿Cómo te ha ido en tu visita a la tierra, Carlitos? – dice el Señor entre sus destellos dorados-

-Regular, nomás, Señor- responde vacilante Carlitos- todos me recuerdan, pero cuando estoy junto a ellos, no me reconocen-

No te aflijas, Carlitos, a mí me pasa lo mismo –responde el Señor-.”

 

Todos lo recuerdan, pero no todos lo reconocen. Seguramente, no hay en la historia alguien tan recordado como Jesús. Hoy en todo el mundo miles de personas estarán cantando a su nombre, bibliotecas  y librerías enteras de libros teológicos y no teológicos estarán mencionándolo y analizando distintos aspectos de su vida. Pero esto no es suficiente, hace falta que lo reconozcamos hoy obrando en nosotros y entre nosotros porque hoy él está presente con su espíritu compasivo y sanador y nos pide que podamos discernir concretamente su presencia siempre actual  y restauradora  para que seamos compasivos como él, no solo en lo que sentimos por nuestro prójimo sino siendo instrumentos de Dios  para aliviar los males de este tiempo, en nuestro círculo más cercano y, si se puede, más lejano,   llamando a otros que viven como quien no tiene pastor a poner sus ojos en el buen Pastor Jesús.

 

Audio de la prédica

Próximamente

Texto: Evangelio de Marcos 6: 30-34, 53-56

Predica: Pastor Hugo Santos

Iglesia Metodista de Almagro (Buenos Aires).

Domingo 22 de julio de 2018. 9º de Pentecostés.

Orden de culto

Momento de los niños

Próximamente

Detalles

Fecha:
22 julio, 2018
Hora:
11:00 a 13:00
Categoría del Evento:
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Lugar

Almagro Av. Rivadavia 4050
Capital Federal, Argentina
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